El tiempo - Tutiempo.net

Seleccionar página

MK Ultra, el programa secreto de la CIA que buscaba controlar la mente humana

MK Ultra, el programa secreto de la CIA que buscaba controlar la mente humana
Anuncio
Compartir:


Durante la Guerra Fría, Estados Unidos no solo temía una bomba capaz de borrar ciudades enteras. También estaba convencido de que, en un laboratorio del bloque comunista, alguien podría haber aprendido a entrar en la cabeza de una persona, vaciarla y devolverla convertida en otra.

Cuando algunos prisioneros estadounidenses regresaron de Corea defendiendo ideas comunistas, la CIA convenció al resto de sus compatriotas que los soviéticos y los chinos habían desarrollado técnicas de control mental.

La sospecha no fue comprobada, pero si el enemigo podía obligar a un soldado a revelar secretos, traicionar a su país o actuar contra su voluntad, Estados Unidos necesitaba hacer lo mismo pero antes y mejor.

Así nació el MK Ultra, un programa secreto que durante veinte años convirtió hospitales, cárceles, universidades e instituciones psiquiátricas de Estados Unidos y Canadá en laboratorios humanos.

Durante décadas, la historia sonó a teoría conspirativa. Hasta que aparecieron los documentos. La CIA fue obligada a desclasificar 20.000 archivos que confirmaron experimentos con drogas alucinógenas. descargas eléctricas, aislamiento sensorial y torturas psicológicas sobre personas que, en muchos casos, no sabían que participaban de una investigación.

El objetivo era forzar confesiones, modificar conductas y someter la voluntad. También buscaban fabricar a alguien que pudiera matar bajo órdenes y después no recordar nada.

El hombre elegido para convertir en realidad esa fantasía fue Sidney Gottlieb, químico de la CIA y patriota sin demasiados límites. Había intentado alistarse en la Segunda Guerra Mundial pero fue rechazado por un problema en los pies.

Sidney Gottlieb, encargado general del proyecto MK Ultra de la CIA. Foto: US Federal Government

El MK Ultra le ofreció otra forma de participar en una guerra sin uniforme, sin supervisión y con libertad para experimentar.

Gottlieb no estaba obsesionado con entender la mente humana, sino con descubrir cómo quebrarla. Su teoría era que si una persona podía perder sus recuerdos, sus ideas y hasta la percepción de quién era, después ese espacio vacío podía rellenarse con una identidad nueva y controlable.

Para comprobarlo necesitaba cuerpos reales, para eso buscó personas vulnerables. Pacientes psiquiátricos, presos, inmigrantes, personas en situación de calle, enfermos hospitalizados e, incluso, niños terminaron convertidos en «sujetos» de prueba.

También hubo supuestos voluntarios. Algunas personas aceptaban participar en estudios creyendo que se investigaría otra cosa. Firmaban una autorización, pero nunca sabían qué sustancias iban a recibir ni que procedimientos iban a atravesar. La CIA conseguía así un papel que simulaba legalidad.

La droga que podía dejar la mente en blanco

De todos los métodos probados por el MK Ultra, el que fue furor fue el LSD. La sustancia había sido descubierta accidentalmente en Suiza por Albert Hofmann mientras investigaba posibles tratamientos para problemas respiratorios.

El LSD podía provocar desorientación, pérdida de la noción del tiempo, lagunas mentales y una ruptura con la realidad. Para Gottlieb, si una dosis lo suficientemente alta conseguía borrar recuerdos, ideas y convicciones, tal vez después podrían llenar ese vacío con lo que quisieran.

Los experimentos con LSD fueron el principio de la red de torturas. Foto: yt/ElDíaQue

La CIA llegó a pagar 250.000 dólares por la producción disponible, una cifra equivalente a unos dos millones actuales, según el material. La operación no fue brillante, pues creyeron estar comprando diez kilos, cuando en realidad compraron diez gramos. Ese error llevó a Gottlieb a querer fabricar la droga en Estados Unidos.

El LSD parecía ideal porque permitía llevar a una persona al límite sin provocar una sobredosis mortal como otras sustancias. Eso no lo hacía inofensivo, pero podían aumentar la dosis mientras observaban cómo el sujeto perdía la percepción de sí mismo. Cuando no moría, el experimento seguía. Cuando quedaban secuelas, eran anotadas como un resultado más.

Algunas víctimas sufrieron alucinaciones, paranoia, episodios psicóticos y daños que continuaron mucho después del efecto inmediato. El programa nunca logró reprogramar una mente, pero sí destruirla.

El científico que terminó como sujeto del experimento

Frank Olson, un científico especializado en armas biológicas que colaboraba con la agencia, pasó de registrar los efectos del LSD en otras personas a experimentarlo.

Frank Olson, científico de la CIA que murió en circunstancias sospechosas. Foto: Wikipedia

Olson había aceptado participar porque creía que su trabajo podía servir a Estados Unidos. Cuando se dio cuenta que el MK Ultra tenía menos ciencia que tortura, comenzó a cuestionar los métodos.

Poco después, fue invitado a una cena de trabajo. Allí le ofrecieron una bebida. Cuando empezó a reconocer en sí mismo los síntomas que tantas veces había estudiado, los responsables anunciaron que todos los hombres presentes habían sido drogados con LSD.

Durante los días siguientes sufrió ansiedad, confusión y problemas para dormir. Le recomendaron internarse en un hospital. Aceptó porque quería recuperarse, pero nunca llegó a ingresar. Murió después de caer desde la ventana de un hotel.

La versión oficial habló de un suicidio relacionado con el LSD. Aún así, la responsabilidad del programa era imposible de esconder, las circunstancias habían dejado preguntas. La noche anterior había cenado con parte del equipo a cargo del programa, entre ellos Gottlieb, y esos mismos hombres lo debían acompañar al hospital.

Una nueva autopsia encontró un fuerte golpe en la cabeza que podía haber ocurrido antes de la caída. Nunca se estableció definitivamente si Olson saltó, fue empujado, o ya estaba herido cuando cayó.

La CIA también miraba detrás del espejo

Dentro del programa existió una operación llamada Midnight Climax, a cargo de George Hunter White, un veterano de la Segunda Guerra Mundial, diseñada para observar cómo reaccionaban las personas drogadas en situaciones sexuales.

La Agencia de Inteligencia reclutó prostitutas porque la actividad era ilegal y eso facilitaba mantenerlas bajo control.

Los científicos contrataban trabajadoras sexuales para colaborar. Foto: ElDíaQue

Ellas se acercaban a hombres en bares o clubes, los llevaban a departamentos preparados por la agencia y colocaban drogas en sus bebidas. Un ilusionista llegó a enseñarles cómo hacerlo sin ser descubiertas.

Detrás de espejos bidireccionales, miembros de la CIA observaban los encuentros. Uno incluso instaló un inodoro en la sala de vigilancia para no perderse nada. En algunos casos, los propios agentes consumían LSD y contrataban a las mujeres. En este punto la línea entre el experimento y el abuso era muy delgada.

El médico que usó los traumas de sus pacientes en contra

El proyecto más ambicioso seguía siendo destruir una mente para reconstruirla desde cero, y Donald Ewen Cameron encontró en sus pacientes el material necesario.

Llegaban buscando un tratamiento y confiaban en él. Cameron, mientras tanto, recibió 60.000 dólares de la CIA, equivalentes a unos 600.000 actuales.

Había una gran contradicción en este caso. Cameron había participado en los juicios de Núremberg, donde se denunciaron los experimentos de los médicos nazis. Años después terminó sometiendo a sus pacientes a procedimientos que también ignoraban cualquier consentimiento y límite médico.

Su método buscaba llevar a las víctimas a un estado infantil o casi vegetativo. Aplicaba electroshocks varias veces al día y suministraba drogas para inducir y mantener comas químicos. Después los aislaba en habitaciones oscuras, sin ventanas ni luz ni referencias para medir el tiempo.

Algunos permanecían inmovilizados y escuchaban mensajes desde parlantes colocados en cascos o dentro de las almohadas. No eran frases al azar, sino que eran confesiones que los pacientes le habían hecho a Cameron. «Tu madre no te quiere», «nadie te quiere» y otros mensajes del estilo podían repetirse hasta 5.000 veces por sesión en loop.

Esther Schrier, enfermera y víctima del programa de la Agencia de Inteligencia. Foto: CBC

La privación sensorial, las drogas y el electroshock no lograron controlar ninguna mente. Sí consiguieron borrar recuerdos, destruir identidades y dejar personas incapaces de hablar, comer solas o reconocer quiénes eran.

Esther Schrier fue considerada uno de los casos más exitosos del proceso de desprogramación. Había sido sometida al electroshock, al LSD, al aislamiento y al coma inducido hasta perder casi por completo su autonomía. Necesitó una sonda para alimentarse y atravesó parte del proceso embarazada. Después de dar a luz no era capaz de cuidar al bebé y se lo sacaron.

Había buscado ayuda médica para mejorar y convertirse en una madre capaz de ocuparse de su hijo. Cameron la dejó en condiciones de no poder ocuparse de sí misma.

Lograron destruir, pero no construir nada en su lugar

El MK Ultra abarcó más de 150 experimentos durante veinte años. Muchas víctimas no supieron qué les había pasado hasta que los documentos comenzaron a conocerse. Algunas familias observaron cómo una persona cambiaba después de ingresar al hospital, y décadas más tarde entendieron la causa.

En 1973, ante un cambio en la dirección de la CIA, los responsables ordenaron destruir parte de los archivos. Lo que se conoce proviene apenas de los documentos que sobrevivieron. Por eso no existe una cifra definitiva de víctimas ni una reconstrucción completa de cada experimento.

Algunos recibieron compensaciones, pero muchos otros no. Gottlieb tampoco terminó en prisión. Siguió trabajando para la CIA, conservó sus beneficios y continuó participando en proyectos tan extraños como el intento de convertir gatos en dispositivos de escucha mediante micrófonos implantados.



Fuente: Source link

Compartir:
Anuncio

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *