“Habíamos nacido con ese destino de no tener luz”: el día que las sierras de Valle Fértil comenzaron a vivir distinto
En pleno 2026, mientras para buena parte de quienes viven en las ciudades encender una lámpara, abrir una heladera, cargar un teléfono, prender la televisión o conectarse a internet son acciones tan cotidianas que casi nadie repara en ellas, en las Sierras de Chávez y Elizondo hubo familias que durante toda su vida tuvieron que aprender a vivir sin electricidad de red. No es una metáfora: hubo vecinos que nacieron, crecieron y formaron sus hogares dependiendo de un candil, una vela o, más adelante, de la energía limitada de un panel solar. Ahora, una obra de infraestructura está llevando electricidad a los puestos rurales mediante más de 9 kilómetros de líneas de media tensión, cinco ramales, transformadores y puestos de medición, a partir de la línea troncal que une Villa San Agustín con las escuelas albergue Hernando de Magallanes y Marcos Gómez Narváez. Para Hernán, de 33 años y nacido en Elizondo, ese cambio tiene una dimensión que ningún número puede explicar por sí solo: “Es algo que anhelábamos hace tiempo, hace años, poder tener este servicio eléctrico que es una facilidad enorme para todo el pueblo acá en la sierra”. Y para Arturo Fernández, vecino de Sierra de Chávez, la dimensión de la postergación queda todavía más desnuda: “Para nosotros era una cosa muy normal no tener luz, era que habíamos nacido con ese destino de no tener luz”.
Esa frase, “habíamos nacido con ese destino”, probablemente sea la manera más cruda de explicar lo que significó durante décadas quedar al margen de un servicio que en otros lugares se considera básico. En las sierras, la vida continuó alrededor de la ganadería caprina y bovina, la cría de animales y, poco a poco, algunas actividades productivas y turísticas, pero siempre con una limitación invisible que condicionaba casi todo. “Vivimos de la ganadería caprina, animales, algunos vacunos, y bueno, animales avícolas, que es la crianza de animales que hay acá, que es de lo que vivimos”, contó Hernán. Primero estuvieron los candiles y las velas. Después llegaron los paneles solares, que significaron un avance, pero nunca una verdadera igualdad de condiciones. “El panel solar lo teníamos nosotros prácticamente para el poquito de la luz nada más, o sea, un celular, la radio y un televisor y más de eso no podíamos tener”, explicó. En otras casas podían ser apenas un par de focos y una radio. Había que desconectar durante el día para cargar las baterías y guardar electricidad para la noche: “Prendíamos solamente en la noche y en el día dejábamos que se carguen las baterías porque se descargaban las baterías y en la noche no tenía luz”. Arturo lo recuerda desde una perspectiva todavía más antigua: “Nos llevó a nuestros padres a tener los candiles, las velas, digamos, todas esas cosas para iluminar”.
La espera también tuvo una historia. Primero fue el camino y después la electricidad. Durante años, los habitantes escucharon que algún día las obras alcanzarían ese territorio perdido entre las montañas. Hernán recuerda el llamado Camino de los Sueños: “Cuando empezaron con el tema del camino escuchamos: ‘algún día vamos a llegar a Elizondo, algún día vamos a llegar a Elizondo’. Y llegó el camino”. Después comenzó el tendido eléctrico, una obra que, según contó, se extendió durante aproximadamente dos años, y volvió a repetirse la misma promesa: “Algún día van a tener la luz, algún día va a llegar la luz”. Él mismo terminó trabajando en el avance de esa infraestructura y pudo ayudar a acercar el servicio a vecinos que no tenían recursos para afrontar las conexiones. Su propio sector, paradójicamente, había sido uno de los primeros previstos: “Cuando empezamos, la primera obra que se inició fue el tramo hacia mi casa. Ahí hay cuatro puestitos y dijimos: ‘somos los primeros’”. Pero llegaron las lluvias, se rompió el camino y los vehículos dejaron de tener acceso. “Terminamos siendo casi los últimos en tener la luz, pero gracias a Dios ya contamos con el servicio eléctrico”, dijo. Arturo aporta otra mirada sobre ese proceso: “La vida nos cambió desde la llegada del camino, cuando el camino llegó a la sierra, también produjo un avance y de la mano del camino fue que se pudo traer la energía eléctrica”. Es decir, primero se acortó la distancia física y ahora comienza a acortarse otra: la que durante décadas separó a estas familias de una vida con servicios básicos.
La primera diferencia no está solamente en prender una lámpara, sino en todo lo que empieza a ser posible cuando la energía deja de estar racionada. Hernán cuenta que hoy puede tener “una heladera, un freezer, mantener los alimentos”, mientras que Arturo enumera lo que incorporó después de la llegada de la red: “Un par de heladeras, freezer, estufas, televisor, internet, todas esas cosas”. También aparecen las herramientas que antes eran prácticamente imposibles de utilizar, desde una máquina de soldar hasta distintos equipos necesarios para trabajar y mejorar los puestos. “La llegada de la luz le facilita a varios la vocación para tener su máquina de soldar, por decirte una, o bastantes herramientas que pueden ayudarle en el progreso”, explicó Arturo. Y hay algo más elemental todavía: el calor. Las sierras son una zona fría y, según el vecino, con poca disponibilidad de leña. “La zona es bastante fría y escasa de leña también, así que la energía viene a complementar eso”. Hernán, además, remarca que tener iluminación permanente mejora la seguridad alrededor de las viviendas: “Es una cuestión de seguridad también, de poder iluminar mejor los accesos a la casa”, en un lugar donde, como cuenta, “hay mucho bicho, muchas cosas que uno por ahí antes andaba con el cuidado ahí de estar pendiente”. Lo que para otros puede ser apenas un enchufe disponible, para estas familias representa una transformación completa de la vida cotidiana.
Y quizá el cambio más profundo sea el de dejar de estar aislados. Arturo recuerda que hace 20 o 30 años ni siquiera existía una conexión estable con el exterior: “No teníamos ninguna conexión. Estábamos aislados. Todo por carta o por mensaje por radio”. Después apareció alguna señal de teléfono, pero había que caminar o trasladarse 7 u 8 kilómetros desde el puesto para encontrarla y poder comunicarse, a veces apenas una vez por semana para saber cómo estaban los familiares. La radio también cumplió durante años un papel esencial: comunicaba problemas de salud, avisaba sobre encomiendas y acercaba noticias a lugares donde prácticamente no existía otra vía de contacto. Hoy, la electricidad permite algo que parece increíble frente a aquella escena: tener internet conectado permanentemente. Hernán lo resume así: “Acorta mucho distancia, más que nada en los familiares” y “es un alivio inmenso poder estar conectado”, porque ahora, dice, “sabemos que necesitamos algo y levantamos el teléfono y estamos ahí nomás”. En esa carrera tecnológica que pasó de largo para muchas de estas familias durante décadas, su evaluación es contundente: “Ganamos varios años, varios años ganamos con el servicio”. También cambió el trabajo. Arturo se dedica al turismo rural desde 2017 y reconoce que la electricidad le permite pensar en ampliar su emprendimiento: “Podemos mantener alimento, conservar las bebidas y todas esas cosas”; ya cuenta con personas que trabajan los fines de semana y ahora proyecta “ampliar el lugar y dar trabajo a otros vecinos de acá de la zona”. La electricidad, entonces, no sólo ilumina: también abre una puerta económica.
La transformación tiene además una dimensión que durante años estuvo ausente: elegir cómo vivir sin que todo dependa de la cantidad de sol que hubo ese día. Hernán recuerda el Mundial y aquella organización casi absurda para quienes nunca tuvieron que pensar de dónde salía la electricidad: “Durante el día no prendíamos nada, desconectábamos todo, cargábamos los celulares temprano y lo que es ahora la siesta, que era cuando pegaba un poquito más fuerte el sol, dejábamos que los paneles se carguen para ver el partido a la noche”. Arturo explica que la empresa que les proporcionaba los paneles ya los retiró y que ahora trabajan principalmente con la red, aunque él mantiene un sistema solar particular para una parte de su vivienda: “Una línea paralela, porque yo sigo con un equipo de paneles solares que es particular y alimento una parte de la casa y la otra con la línea eléctrica”. Incluso queda por delante una discusión que habla de cuánto camino falta: Arturo señala que hay 6 o 7 familias que quedaron fuera por la distancia de la línea y que, por ahora, no conoce un proyecto concreto para conectarlas. Mientras tanto, los vecinos que ya están incorporados comienzan a acostumbrarse a algo completamente nuevo, incluso a esperar la primera boleta y pensar cómo impactará el consumo en la economía familiar: “Hay que acostumbrarse a todo”, dice. Porque también esa es una parte de llegar al mundo de los servicios: tener el derecho, pero aprender las responsabilidades y costos que vienen con él.
En definitiva, lo que está ocurriendo en las sierras no puede medirse solamente en los 16 hogares contemplados por la obra, los más de 9 kilómetros de tendido, los cinco ramales o los transformadores instalados para llevar la red hasta los puestos. Esos son los números de una infraestructura que llega en 2026 a un lugar donde durante generaciones sus habitantes tuvieron que naturalizar la ausencia de electricidad. Arturo lo expresa desde esa experiencia acumulada: “Yo siempre dije que todos tenemos los mismos derechos, tanto el que vive frente a la plaza como el que vive en estos lugares”. Y cuando le piden que defina esta nueva etapa, encuentra una frase tan sencilla como poderosa: “Un cambio hacia el futuro sería lo más lógico”. Es, quizás, la definición exacta. Porque después de una vida entre candiles, velas, baterías, radios, cartas, teléfonos que había que ir a buscar a kilómetros de distancia y partidos de Argentina que había que mirar rezando para que durara la carga, ahora una lámpara puede quedar encendida sin que nadie mire el reloj ni el cielo. “Es tener a ciudadanos con lo que corresponde, darles el servicio que corresponde a cualquier sanjuanino en cualquier punto”, sostiene Arturo. Y en una provincia acostumbrada a hablar de futuro, hay una imagen que obliga a mirar hacia atrás: para estas familias, el futuro comenzó apenas este año, cuando finalmente pudieron hacer algo que para millones de personas dejó de ser noticia hace décadas: encender la luz.









