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A 2.800 metros y lejos de su familia: la historia del maestro que les abre camino a los chicos de la cordillera

A 2.800 metros y lejos de su familia: la historia del maestro que les abre camino a los chicos de la cordillera
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En medio de la nieve, el frío y las dificultades de la alta montaña, hay un docente que todos los días cumple una tarea que va mucho más allá de enseñar. Javier Ortiz es director y maestro de la escuela albergue Miguel Cané, conocida como “la escuela del cielo”, ubicada a 2.800 metros de altura, en el paraje Bauchaceta, Iglesia. Allí convive con sus alumnos, principalmente hijos de puesteros, y durante diez días deja su casa y a su familia para acompañarlos en cada momento de su vida escolar. “No solamente soy docente, me transformo en papá, en psicólogo, en médico, hago un poquito de todo, de cocinero, de escucharlos a los chicos”, contó.

Ortiz es director y personal único de la institución. Tiene diez alumnos matriculados, aunque actualmente son siete los que permanecen en la escuela. Su jornada comienza temprano, junto a los celadores, con el desayuno y las tareas cotidianas de los chicos. A las 8.30 comienzan las actividades y, cuando las condiciones climáticas lo permiten, izan la bandera. Después llegan las clases, el almuerzo, las tareas del hogar, momentos de lectura y repaso, actividades recreativas y caminatas por lugares cercanos. La cena es a las 20.30 y alrededor de las 22 los alumnos se van a dormir. “Fue una tarea como una familia grande”, resumió el docente al describir la convivencia diaria.

La vida en la cordillera también obliga a resolver problemas que en otros establecimientos pueden parecer impensados. El intenso frío congela las cañerías, las bombas elevadoras pueden dejar a la escuela sin agua y, en ocasiones, deben esperar hasta que el sol caliente para poder recuperar el suministro. “Hoy a la mañana salió agua, muy poquita agua, y después empezó a salir. Se empiezan a congelar las cañerías, así que tenemos que abrir un poquito los surtidores para que corra el agua y no se nos congele”, relató. Si no logran solucionarlo, deben salir con baldes y esperar hasta que las temperaturas permitan descongelar las instalaciones.

Pero detrás de esas dificultades existe una motivación que Ortiz considera mucho más fuerte: saber que sus alumnos pueden construir un futuro diferente. El maestro recordó que él mismo asistió a una escuela albergue durante una etapa difícil de su vida, una experiencia que, según explicó, marcó profundamente la relación que hoy tiene con sus estudiantes. “Eso hizo que hoy yo tenga la empatía y el respeto y el cariño por los chicos que tengo en cada momento”, expresó. Para él, uno de los mayores reconocimientos llega años después, cuando recibe un mensaje de un antiguo alumno contando que logró continuar sus estudios. Algunos de esos jóvenes llegaron a recibirse de veterinarios. “Eso es lo mejor de todo, recibir ese mensaje”, afirmó.

Durante la entrevista también dejó una reflexión sobre la vocación docente y el valor de acompañar a chicos que viven en lugares alejados. “Las capacidades que tienen son enormes, están parecidas a las de los más chicos que viven en las ciudades capitales y acá en esta escuela tienen todas las posibilidades”, sostuvo. En cada jornada, Ortiz busca que sus alumnos puedan nivelarse, continuar estudiando y estar preparados cuando llegue el momento de trasladarse a otros lugares para seguir una carrera. “Quiero nivelarlos, que vayan un poquito más arriba, cosa que cuando se vayan a estudiar en otro lugar estén a la altura de la circunstancia”, explicó.

En una jornada dedicada a reconocer a los maestros, la historia de Javier Ortiz representa una de esas tareas que muchas veces permanecen lejos de las grandes ciudades y de las miradas cotidianas. Él permanece diez días en la escuela y luego tiene cinco de descanso, pero asegura que cuando el período escolar termina siempre queda con la sensación de que todavía puede hacer algo más por sus alumnos. “Para nosotros, que ustedes hagan una nota, que hagan un reconocimiento, es una caricia en el alma”, dijo al agradecer el homenaje. Desde una escuela ubicada entre la nieve y las montañas, su tarea cotidiana tiene un objetivo sencillo y enorme: acompañar a esos chicos para que puedan imaginar y construir un futuro distinto.

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