“Con mis manos me siento libre”: El proyecto de peluquería que transforma vidas en el penal de Chimbas
En el corazón del Servicio Penitenciario de Chimbas se teje una historia distinta. Allí, donde muchas veces el encierro se asocia solo con castigo y silencio, un grupo de internos encontró en la peluquería un camino inesperado de libertad. La iniciativa tiene el sello de Gastón Villordo, estilista reconocido en San Juan y presidente de la Cámara de Comercio, Agroindustria y Turismo de Rawson, quien desde su rol social decidió llevar al penal un programa de reinserción laboral que hoy emociona y sorprende.
La experiencia nació casi por casualidad, cuando desde el Ministerio de Producción lo invitaron a conocer el trabajo de los Espartanos, un grupo de internos que, a través del rugby y la disciplina, sostienen un pabellón sin violencia ni consumo de drogas. “Cuando conocí lo que era la reinclusión laboral y lo que eran los chicos espartanos, me voló la cabeza. La verdad que me gustó mucho la iniciativa”, recuerda Villordo.
Con cierta desconfianza inicial, pero movido por la curiosidad, aceptó dar un curso de peluquería. Lo que encontró lo marcó: “Tenía, como todos, ese recelo de decir: en el penal todo lo que está ahí no sirve. Pero cuando entré me volaron la cabeza. Estos pibes son vulnerables, están con la cabeza abierta, con ganas de capacitarse y de que alguien les muestre otro camino”.
Un aula que libera
El programa se dicta para dos grupos: los Espartanos y los jóvenes adultos de entre 18 y 22 años que cumplen su primera condena, de no más de tres años. Allí aprenden estilismo completo: desde lavar y peinar hasta colorimetría, reflejos y tratamientos capilares.
El progreso fue notable. “A los tres meses, si yo en mi salón tuviera que tomar a alguien de ayudante de peluquería, estos chicos ya estaban capacitados. A los seis meses estaban peinando”, cuenta Villordo con orgullo.
Uno de los momentos más fuertes ocurrió al cierre de la primera etapa, cuando organizaron un desfile de moda. Allí, un interno expresó: “Solamente había usado mis manos para robar y me sentía preso de mis manos. Por primera vez en mi vida siento que mis manos son libres”.
“Ese testimonio me reventó la cabeza”, confiesa el estilista. “No es la herramienta física que les damos, sino el conocimiento. El conocimiento no se lo saca nadie, es suyo y lo van a tener de por vida”.
De los desfiles a la primera peluquería dentro del penal
El proyecto ya lleva nueve meses y sigue creciendo. En esta etapa avanzan en colorimetría, y el próximo 25 de agosto, Día del Peluquero, inaugurarán oficialmente una peluquería dentro del Servicio Penitenciario. La idea surgió cuando trabajadoras penitenciarias se ofrecieron como modelos y quedaron encantadas con los peinados de los internos. El boca a boca hizo el resto: cada semana son más las que piden turno.
“Como comerciante me di cuenta que había un nicho. Los mismos chicos podían tener una peluquería acá adentro, atender a la gente del penal y cobrar por su trabajo. Y así fue: hace un mes que ya funciona y ellas salen encantadas”, relata Villordo.
El reconocido estilista Miguel Ángel Alexis también se sumó al proyecto con donaciones de herramientas y el compromiso de abrir oportunidades laborales cuando los internos recuperen la libertad.
Creer en la segunda oportunidad
La misión es clara: que los internos salgan con un oficio real que les permita sostenerse y dejar atrás la reincidencia. “El sector privado tiene que dar una segunda oportunidad. Y si tiene que ser una tercera, también. No puede ser que por haber estado preso se le cierre la puerta de por vida. Estos chicos merecen otra oportunidad”, sostiene Villordo.
Más allá de su trabajo como estilista y dirigente, con experiencias como el Mega Outlet de La Superiora que fortalecen al comercio rawsonero, Gastón Villordo hoy se reconoce también como un eslabón de esperanza en un ámbito inesperado: el penal de Chimbas. Allí, entre tijeras y peines, se abre un futuro distinto para quienes un día solo conocieron el encierro.
Porque a veces la verdadera libertad comienza con algo tan simple —y tan profundo— como aprender a usar las manos de otra manera.










