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La feria, ese ritual sanjuanino que empieza temprano y termina con la bolsa llena

La feria, ese ritual sanjuanino que empieza temprano y termina con la bolsa llena
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Ir a la Feria de la Capital es una experiencia que apela a los sentidos, pero también a la lógica del bolsillo. En cada pasillo, los carteles escritos a mano —con tiza, cartón o pizarras gastadas por el uso— no solo anuncian productos: cuentan una realidad cotidiana donde el trabajo local se traduce en precios que invitan a comprar.

La recorrida suele empezar por el sector de frutas y verduras, donde el color manda y los valores sorprenden. El tomate, uno de los básicos infaltables en la mesa sanjuanina, se consigue a 500 pesos el kilo. Las bananas, siempre demandadas, aparecen a 350 pesos, mientras que los melones se ofrecen también a 500 pesos, ideales para la temporada de calor. Para quienes buscan fruta de carozo, el durazno y la uva se ubican alrededor de los 2.000 pesos el kilo, con mercadería fresca y de producción regional.

Unos metros más adelante, los puestos de papa y cebolla marcan otro punto fuerte de la feria: ambos productos se consiguen a 2.000 pesos el kilo, un precio que permite abastecerse sin resignar calidad. Son alimentos simples, pero fundamentales, y en la feria llegan directo del productor al consumidor.

La carne, uno de los rubros que más se mira, también tiene su espacio destacado. El asado, protagonista de tantas mesas argentinas, se ofrece a 12.000 pesos, mientras que cortes como la carne molida y los chorizos se encuentran a 6.000 pesos, valores que muchos comparan favorablemente con los de otros circuitos comerciales. En el mismo recorrido aparecen opciones de cerdo y pescado, ampliando la variedad para quienes buscan alternativas.

Los huevos, otro infaltable, tienen su lugar con carteles claros: los huevos grandes se venden a 5.500 pesos, una referencia que muchos compradores ya tienen en mente antes de llegar. Condimentos, hojas verdes, verduras de estación y productos regionales completan una oferta que se renueva día a día.

Todo ocurre en un clima particular. Mientras se comparan precios y se eligen productos, se charla con el feriante, se pide “el mejor” o “el más lindo”, y se arma la compra con tiempo, sin apuro. La feria no es solo un espacio de consumo: es un encuentro donde el esfuerzo de quienes producen se refleja en precios justos y en alimentos que llegan frescos a la mesa.

Por eso, la Feria de la Capital sigue siendo ese lugar al que se vuelve. Por costumbre, por cercanía, por identidad y también por números concretos que cierran. Un ritual sanjuanino donde el desayuno compartido, la caminata entre puestos y la posibilidad de comprar bien y a buen precio hacen que cada visita valga la pena.

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