La Iglesia de San Juan cerró el Jubileo con una celebración marcada por la esperanza y la gratitud
En un clima de profunda emoción y recogimiento, la Iglesia de San Juan de Cuyo puso fin al Año Santo Jubilar de la Esperanza con una celebración que invitó a mirar el camino recorrido y, al mismo tiempo, a proyectarse hacia el futuro con fe renovada. La Eucaristía, celebrada en la Catedral San Juan Bautista, reunió a numerosos fieles que participaron de un momento cargado de espiritualidad y comunión.
La misa fue presidida por el arzobispo Jorge Lozano, acompañado por los obispos auxiliares de la diócesis. Durante la celebración, un gesto sencillo y profundamente simbólico atravesó el templo: el agua bendita recorrió los pasillos mientras los fieles extendían sus manos en señal de confianza y apertura, como expresión visible de un año vivido bajo el signo de la esperanza.
El Jubileo dejó una huella profunda en la vida pastoral de la diócesis. Peregrinaciones, celebraciones comunitarias y gestos solidarios fueron parte de un tiempo especial que invitó a la conversión personal, al reencuentro con la misericordia y al compromiso concreto con los demás. Cada comunidad, desde su realidad, encontró en este año una oportunidad para fortalecer la fe y renovar su misión.
En su mensaje, el arzobispo subrayó que el cierre del Jubileo no representa un punto final, sino un nuevo comienzo. La esperanza, señaló, no se archiva ni se clausura con una fecha, sino que se cultiva y se proyecta en la vida cotidiana. La invitación fue clara: transformar lo vivido en acciones concretas, en una Iglesia que camina, escucha y acompaña.
La reflexión puso especial énfasis en una esperanza encarnada, capaz de hacerse gesto en la cercanía con los más frágiles, los enfermos y quienes atraviesan situaciones de dolor o exclusión. La fe, se recordó, encuentra su sentido más pleno cuando se traduce en misericordia, solidaridad y compromiso con la dignidad humana.
También se destacó el valor del camino sinodal que atraviesa a la Iglesia sanjuanina, entendido como un proceso de escucha, discernimiento y comunión que fortalece los vínculos y anima a construir juntos. En ese marco, el Jubileo fue vivido como un tiempo de gracia que acompañó y profundizó ese andar compartido.
El cierre de la celebración estuvo marcado por una oración confiada por la paz, en un mundo atravesado por conflictos e incertidumbres, y por la puesta bajo la protección de la Sagrada Familia, como modelo de fe sencilla, ternura y unidad en medio de las dificultades.
Con el corazón agradecido por lo vivido, la Iglesia de San Juan reafirmó su decisión de seguir caminando unida, sosteniendo la esperanza más allá del Año Santo, como una comunidad que no se detiene, que acompaña y que sigue anunciando el amor de Dios en cada rincón de la vida cotidiana.









