Messi, el líder que nos enseñó a volver a intentarlo
Por Exequiel Gomez
Hay algo que Lionel Messi le dio a la Selección Argentina que va mucho más allá de los goles, de los títulos, de las asistencias, de las estadísticas y de todas esas cosas que el fútbol utiliza para intentar explicar a los grandes. Messi le dio una manera distinta de ser líder. Y quizás por eso su historia con la camiseta argentina sea tan extraordinaria. Porque aquel chico que debutó en 2005 frente a Hungría y que terminó expulsado pocos segundos después de ingresar no parecía destinado a convertirse en el capitán que hoy despedimos. Era un chico que prácticamente no hablaba, que se expresaba mucho más con la pelota que con las palabras y que incluso en Alemania 2006, cuando José Pekerman decidió no incluirlo ante Alemania, mostró su fastidio de una manera no verbal. Después vino Sudáfrica 2010 y ese Messi que interpretó como nadie lo que Diego Maradona pretendía dentro de la cancha. Vino Brasil 2014 y aquella tristeza que no necesitó demasiadas explicaciones. Vinieron Chile y Estados Unidos, dos finales de Copa América perdidas, y apareció nuevamente ese hombre que nos mostraba su dolor sin necesidad de grandes discursos.
Hasta que un día Messi habló. Y cuando habló, nos dijo que se había cansado. Después de perder otra final, después de intentar una y otra vez, anunció que dejaba la Selección. Aquella vez entendimos que detrás del mejor jugador del mundo también había una persona extremadamente sensible, profundamente comprometida y cansada de no poder conseguir aquello que más quería. Pero el mejor mensaje que Messi nos dejó no fue el de su renuncia. Fue el que vino después. Porque pudo haberse ido y, sin embargo, volvió. “No me voy a cansar de intentarlo”. Volvió porque quería ganar algo. Y vaya que ganó. Ganó la Copa América, ganó la Finalissima, ganó el Mundial, volvió a ganar la Copa América y llegó otra vez a una final del mundo. Se convirtió en el jugador más ganador de la historia de la Selección Argentina. Pero, sobre todo, transformó para siempre su relación con nosotros. Porque aquel muchacho al que alguna vez miramos con silencio, al que alguna vez le exigimos más, al que alguna vez le pedimos que demostrara algo que quizás nunca tuvo que demostrar, terminó devolviéndonos una de las historias más hermosas que nos podía regalar el fútbol.
Messi construyó su liderazgo a partir del reconocimiento de sus compañeros. Nunca necesitó esos discursos grandilocuentes que después quedan escritos en las paredes. Nunca necesitó pelearse con nadie para demostrar autoridad. Nunca necesitó ganar una discusión afuera de la cancha. Le alcanzó con ser Lionel Messi dentro de ella. Y quizás ahí esté la grandeza más difícil de explicar. Messi consiguió que el mundo sintiera devoción por él sin convertirse jamás en alguien que quisiera parecer un Dios. Le mostró al mundo que era simplemente un jugador de fútbol, pero uno que hacía demasiado bien aquello que amaba, mejor que todos. Que podía elegir sus batallas y que la batalla que realmente quería librar estaba ahí adentro, con una pelota en los pies. Fue reconocido por las mayores figuras del fútbol, pero hace tiempo que trascendió esa discusión y se sentó en la mesa de los grandes deportistas de toda la historia. Y lo hizo llevando consigo valores que nosotros, como argentinos, tantas veces decimos defender: la familia, el orgullo, el esfuerzo y la resiliencia. Messi los mostró sin necesidad de levantarlos como bandera. Los hizo carne. Los convirtió en una manera de vivir y de competir.
Y llegó el último Mundial. Con su papá casi despidiéndose, Messi jugó quizás uno de los Mundiales más emotivos de toda su carrera. Fue un Mundial en el que pareció que todo era posible mientras él estuviera en la cancha. Y cuando parecía que no había salida, aparecía él. Desde sus pies, desde su cabeza, desde su corazón. Después de los 90 minutos, después de los tiempos suplementarios, después de los penales, llegó otra final del mundo, esta vez frente a España. No hubo final feliz. Pero quizás tampoco hacía falta. Porque su historia con la Selección ya estaba escrita mucho antes de ese partido. Y ahora que decide irse, cuesta decirle adiós. Te vas de los 90 minutos, de los tiempos extras, de los penales. Te vas del campo de juego, Lionel. Pero de la Selección Argentina no te vas nunca. Tu lugar no va a poder ser reemplazado por nada ni por nadie. Seguramente algún día te veremos en una tribuna, acompañando, mirando, quizás sufriendo como uno más. Y tal vez ese sea el destino de los ídolos: cambiar de lugar, pero nunca dejar de pertenecer. Por eso solamente queda decirte gracias. Gracias por haber sido un argentino de ley, un argentino de Selección. Gracias por mostrarnos algo a lo que no estábamos acostumbrados: que un argentino también podía ser querido por todo el mundo. Y gracias, sobre todo, por habernos enseñado aquella lección que terminó cambiándolo todo: que después de perder, después de llorar, después de cansarnos, siempre existe la posibilidad de volver a intentarlo. Hoy es un adiós al campo de juego. Nada más.






