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Pedro Torres: El mozo que sirvió con el alma y despide una era

Pedro Torres: El mozo que sirvió con el alma y despide una era
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«La gastronomía me quitó cumpleaños, feriados, bautismos… pero nunca me quitó las ganas de servir bien», dice Pedro Torres con la mirada serena, esa que han visto pasar miles de comensales en 36 años de bandeja y corazón. Hoy, cuando el histórico Hotel Provincial cierra sus puertas, también se cierra un capítulo profundo y emotivo de la historia de San Juan.

Pedro no es un mozo más. Es, como lo definió con emoción el periodista Juan Alberto Pereyra en su programa «El Caminante de la Noche», “el mejor mozo de San Juan”. Y no es por casualidad. Su trayectoria comenzó lejos del salón blanco, en el sur argentino, como carpintero. Una carta de recomendación lo llevó al Hotel Nogaró. «Te damos una semana para aprender. Si no, te quedás sin laburo», le dijeron. Pedro aprendió. Y nunca se fue.

Porque Pedro no sólo llevaba platos: “Metía el cuerpo”. Armaba el plato frente al comensal, decoraba, servía como quien compone una pieza de música. “Ser mozo es ser artista”, asegura. Su respeto por el oficio es una escuela silenciosa. Enseña con el ejemplo, como lo hicieron con él.

Conoció a artistas, políticos, celebridades. Vio pasar la historia desde las mesas del hotel. “La Mona Jiménez, Sebastián, Araceli González, Bordón… cada uno dejó algo”. Pero lo que más recuerda Pedro son los gestos simples: un agradecimiento, una sonrisa, una propina que alguna vez fue «la mitad de un sueldo». Y también, claro, alguna bandeja caída y el aplauso incómodo que aún le quema.

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Tiene seis hijos. A todos los crió con su trabajo de mozo. Nunca se quejó. “Nunca le aflojé”, dice. Y eso lo llena de orgullo. Su familia también. Porque ser mozo, para Pedro, fue más que un oficio: fue una forma de vida.

Hoy, con el cierre del Hotel Provincial —esa casa que habitó con devoción durante décadas— Pedro se despide de un espacio, no de una vocación. “No voy a colgar la bandeja”, afirma. Aunque la incertidumbre golpea, sabe que aún tiene para dar, y que la bandeja de Pedro Torres no se apoya fácilmente en una mesa. Se eleva.

Y así, entre la nostalgia y el orgullo, Pedro se convierte en símbolo de una San Juan que se va, pero que vive en la memoria de cada plato servido, de cada historia compartida entre mesas y copas.

«Gracias por ser un gran mozo, Pedro. El mejor mozo de San Juan.»

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