Con un llamado a no perder la esperanza, la Iglesia sanjuanina cerró el Jubileo 2025 mirando al futuro
En un clima de recogimiento, gratitud y proyección, la Iglesia Católica dio por finalizado el Año Santo del Jubileo 2025, una etapa marcada por el lema “Peregrinos de la Esperanza”, que atravesó celebraciones, gestos solidarios y procesos de reflexión profunda en todo el mundo y también en San Juan.
En una reflexión cargada de espiritualidad y sensibilidad pastoral, el arzobispo de San Juan de Cuyo, Jorge Eduardo Lozano, invitó a la comunidad a comprender este cierre no como un final, sino como un punto de partida. “Terminar no siempre es cerrar”, expresó, destacando que culminar un ciclo también implica reconocer lo vivido y proyectarse hacia adelante con mayor compromiso y fe.
Durante el Año Jubilar, la Catedral sanjuanina fue escenario de más de 30 peregrinaciones jubilares, a las que se sumaron celebraciones patronales y encuentros en otras iglesias designadas. Más allá de los números, el mensaje central estuvo puesto en la misericordia: una gracia que, según subrayó el arzobispo, no tiene vencimiento ni condiciones previas, y permanece siempre abierta para quien desee acercarse.
La reflexión también puso el acento en el dolor humano que interpela a la fe: los pobres, los enfermos, las víctimas de la violencia y quienes viven al margen de la sociedad. En ese sentido, se recordó que no puede haber una peregrinación auténtica si no se detiene ante el sufrimiento del otro. La esperanza, se remarcó, debe traducirse en gestos concretos de cercanía, solidaridad y compromiso con los más vulnerables.
En el plano local, el Jubileo encontró un impulso clave en el Tercer Sínodo Diocesano, definido como un “don” para la Iglesia sanjuanina. Este proceso sinodal permitió fortalecer la escucha, el discernimiento comunitario y la construcción de una Iglesia más participativa, acogedora y misionera, con la sinodalidad como un camino permanente y no circunstancial.
El cierre del Año Santo estuvo también marcado por una mirada simbólica hacia la Sagrada Familia —Jesús, María y José—, recordada no solo como modelo de amor y comunión, sino también como familia migrante y perseguida. Una referencia que enlaza con la realidad actual de millones de personas que se ven obligadas a huir de la violencia, la pobreza o la persecución.
De cara al 2026, el mensaje dejó una consigna clara: seguir caminando. Con humildad, fe viva y una oración insistente por la paz en un mundo atravesado por conflictos e injusticias. Porque, como se expresó en el mensaje final, no se trata de dejar de peregrinar, sino de seguir soñando y siendo testigos del amor de Dios en medio de la historia.






